Puerto Rico está cambiando. Una de las transformaciones que más debe llamarnos a la reflexión es el aumento de nuestra población de adultos mayores. Cada día son más las personas que llegan a esa etapa de la vida en la que la salud comienza a requerir mayores cuidados, más visitas médicas, tratamientos, terapias y, en ocasiones, hospitalizaciones.
Ante ello,
me pregunto: ¿estamos preparados como sociedad para cuidar de quienes durante
tantos años cuidaron de nosotros?
La pregunta
es complicada. Nuestro sistema de salud enfrenta grandes retos, tanto en
hospitales públicos como privados. Todos conocemos de alguna manera historias
de largas esperas, dificultades para conseguir servicios y situaciones que
hacen más difícil un momento que de por sí resulta doloroso para una familia.
Sin
embargo, también existen experiencias que nos devuelven la esperanza y que
merecen ser reconocidas.
Recientemente
tuve la oportunidad de pasar dos semanas junto a mi madre, quien estuvo
recluida en el cuarto 230 del Hospital San Carlos de Moca debido a una
condición de salud. En la estadía me percaté que un 90% de los pacientes son adultos
mayores. Segundo, observé algo que considero digno de destacar: la calidad
humana de quienes tienen la responsabilidad de cuidar a nuestros enfermos.
Esta experiencia
fue una atención de primera en este Hospital. Pude apreciar el compromiso de la
facultad médica, como los médicos H. Luiggi, Machado, Hernández, C. Torrado,
Edwin Soto y Eddomal López; el cuerpo de enfermería, entre ellos V. Jiménez, Y.
Feliciano, M. López, V. Minaya y L. Castro; y los terapistas. A todos mi
agradecimiento a nombre de las personas mayores.
Pero sería
injusto mencionar solamente a quienes aparecen al frente de la atención médica.
También quiero reconocer a quienes limpian las habitaciones, sirven los
alimentos, mantienen la seguridad y realizan tantas otras tareas necesarias
para que un hospital pueda funcionar. Todos, de una manera u otra, tuvieron
contacto con nuestra madre y contribuyeron a que esos días fueran más
llevaderos.
Hay algo
que no aparece en una factura médica ni en un expediente clínico: el trato
humano. Una palabra amable, una sonrisa, la disposición de escuchar, la
paciencia para explicar y el interés genuino por ayudar tienen un valor enorme
cuando un ser querido está enfermo.
Esta
experiencia me hizo pensar que el envejecimiento de Puerto Rico no debe ser
visto únicamente como una estadística. Detrás de cada número hay un padre, una
madre, un abuelo, una abuela; hay historias de vida, sacrificios, familias y
generaciones.
Nuestros
adultos mayores no están pidiendo privilegios. Están reclamando, aunque muchas
veces no lo digan, algo tan sencillo como ser tratados con dignidad.
Por eso,
mientras en Puerto Rico continuamos envejeciendo, necesitamos sensibilidad,
compromiso y humanidad.
Hoy reconozco
al Hospital San Carlos de Moca porque, durante esos días junto a nuestra madre,
pude comprobar que todavía existen lugares donde cuidar a un paciente significa
también cuidar a la persona.
A todos los
que hicieron posible esa experiencia, gracias. Como hijo, difícilmente podré
olvidar esos gestos de humanidad.