Carlos Díaz Olivo, publicado en el rotativo El Nuevo Día del lunes 20 de julio de 2026, en ambos formatos digital e impreso.
Puerto Rico
tiene que deshacerse del conformismo, las excusas y los complejos, para
procurar la excelencia.
Todos los días, semanas tras semanas, en la administración gubernamental explota una nueva controversia, que se atiende con superficialidades, generalidades y traslados de culpa, en vez de brindar solución seria y efectiva al problema en cuestión, señala Carlos Díaz Olivo. (tonito.zayas@gfmedia.com)
El incidente en el que una persona mayor edad presuntamente fue agredida por un cuidador que laboraba en el hogar Casa Dorada, en Las Piedras, y la controversia que se suscitó entre la secretaria del Departamento de la Familia y la Procuradora de las Personas de Edad Avanzada sobre la injerencia reglamentaria de ambas agencias, dice mucho y mucho también deja por desear.
De una
parte, se hace evidente la extensión del problema de salud mental en la isla y
la situación crítica a la que hemos lanzado al sector demográfico de mayor
edad. Del otro, igualmente, se hace evidente la mediocridad como patrón
principal de conducta en la sociedad puertorriqueña. Sin restar importancia a
los primeros dos factores, en este escrito me concentro en el último de los
mencionados.
Resulta insólito que al denunciarse la agresión a una persona mayor, la deficiencia operacional de un centro de cuido de envejecientes y la conducta antisocial de un cuidador, la Secretaria de la Familia y la Procuradora de las Personas de Edad Avanzada se pierdan en lo inconsecuente y sean incapaces de articular y poner en práctica soluciones efectivas al conflicto medular. Un problema social mayor se degradó a un chisme sobre prerrogativas jurisdiccionales y complejos de autoridad, mientras el interés público quedó al descubierto y sin atención.
Esos mismos
complejos de autoridad se hicieron patentes cuando el Municipio de San Juan y
la Autoridad de Acueductos y Alcantarillados (AAA) llegaron a un acuerdo para
aportar en conjunto a la búsqueda de solución al problema del suministro de
agua en la ciudad capital. A solo horas de suscribirse el arreglo, el
presidente de la corporación pública, Luis González Delgado, entró en furia y
culpó al recurso técnico del Municipio de San Juan, el ingeniero Roberto
Martínez, de ser responsable del problema de suministro en la ciudad. Al día de
hoy el problema del agua en San Juan, así como en otros pueblos, continúa sin
normalizarse.
Los
complejos jurisdiccionales no quedan ahí. Resulta que al pasado director de la
Oficina de Gerencia y Permisos, Norberto Almodóvar, también la cólera le
consumió. Este se reveló contra su jefe, el Secretario de Desarrollo Económico
y Comercio, al reclamar autoridad final sobre injerencias que por ley se habían
transferido al Secretario. El reclamo jurisdiccional no descansó en un abnegado
deseo de protección del interés público, pues según denunció Sebastián Negrón
Reichard, lo que de verdad estaba en juego era la concesión de un contrato a
una empresa determinada.
El desarrollo más reciente de estas luchas internas jurisdiccionales ocurrió el viernes pasado cuando el Departamento de Justicia, en medio de una investigación senatorial contra figuras del Ejecutivo, revocó una serie de destaques asignados a la Asamblea Legislativa. Este proceder parece responder a una vendetta política y no al mejor interés público.
Lo expuesto
no son situaciones aisladas. Todos los días, semanas tras semanas, en la
administración gubernamental explota una nueva controversia, que se atiende con
superficialidades, generalidades y traslados de culpa, en vez de brindar
solución seria y efectiva al problema en cuestión. Las fallas en los servicios
de agua y electricidad se despachan achacándolas a la obsolescencia y falta de
mantenimiento del sistema. Mientras se repite esta consigna, la infraestructura
no acaba de mejorarse. Se hace evidente que la excelencia no guía la conducta
del Estado. Me temo, además, que ese patrón de mediocridad se extiende y
consume a gran parte de la sociedad puertorriqueña.
Cuando la
mediocridad manda, lo fundamental no se atiende. Pues lo importante, no es lo
importante. Ante la falta de acción real, la impotencia y la desmoralización
afectan el sentir popular. Por doquiera que nos asomamos, encontramos un
mediocre a cargo y nadie se responsabiliza por hacer las cosas bien. La
excelencia, más que marginada, en Puerto Rico es perseguida, censurada y hasta
castigada. Nuestra disfuncionalidad social tiene explicación simple. Seremos un
pueblo talentoso y ocurrente, pero estamos a merced de la mediocridad. Nos
hemos acostumbrado a ella y la hemos normalizado.
La
excelencia es un compromiso de superación y mejora constante. Quien la adopta
como disciplina jamás carece de motivación. Trabajar por la excelencia es
superarse a uno mismo, sin importar el desdén de los demás. Nadie se esforzará
ni hará por nosotros lo que a nosotros nos corresponde hacer. Si deseamos
progreso, estabilidad económica y social, hay una sola opción: trabajar duro y
superarnos. La búsqueda de la excelencia es la renuncia y denuncia
del conformismo. Puerto Rico tiene que deshacerse del conformismo, las excusas
y los complejos, para procurar la excelencia. Hay que poner fin a tanta
mediocridad.

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